A las vacas de la señora Elena no les gusta el pimiento picante Manuel Díaz Vázquez

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A las vacas de la señora Elena no les gusta el pimiento picante.

 

A LAS VACAS DE LA SEÑORA ELENA NO LES GUSTA EL PIMIENTO PICANTE

Autor: Manuel Díaz Vázquez

Acostado en la mullida hierba seca  y quemada por el sol del inclinado camino (aproximadamente diez grados de desnivel), el nieto del viejo “Mazico”, con el brazo derecho cruzado bajo su cabeza a modo de almohada o cojín, observaba distraídamente el paso lento y ocioso de una nubecilla que en su forma se parecía al corderito del suavizante “Norit” (véase el recipiente), y a la que venían como anillo al dedo todos los adjetivos sonoros que el poeta había atribuido al burrillo “Platero” (excepto el de peludo), y que, deslizándose solitaria y elegantemente por la despejada avenida del cielo, vagaba, posiblemente ensimismada en sus esponjosos pensamientos. ¿Qué hace una nube sola en la inmensidad? No lo sabemos, y si lo supiésemos, guardaríamos el secreto... Si diremos, a modo anecdótico (este relato está cuajado de anécdotas como el cielo de estrellas), que se trataba de la nube número 3455621298; y puede ser que este dato numérico ustedes no se lo crean, pero, en verdad, las nubes están numeradas, basta con fijarse en la parte inferior derecha, aunque claro, para leerlo hay que tener la vista de ochocientos linces y otras tantas águilas...

“Dan ganas de tirarse de cabeza hacia el cielo, haciendo piruetas de trapecista y dando colosales pinchos carneiros, para montarse en ella. Viajar cómodamente entre sus algodones como si fuese una alfombra voladora y ver todo a vista de pájaro..., aunque, no sé, creo que, posiblemente me daría vértigo”; en esto o en algo parecido pensaba el zagal, pero una extraña ley relacionada con una manzana y un tal Newton, le impedían hacer semejante peripecia circense. Eso de la gravedad tenía que ser muy serio como su propio nombre indicaba. El mero hecho de nombrarla ya conllevaba adustez y respeto, algo que era connatural a todas las leyes, y a ésta de modo particular, y también se relacionaba con la caída de los cuerpos: por ejemplo, cuando uno se caía de la bicicleta  (y a él le ocurriera una vez, yendo a parar derecho a una xurreira, con lo cual ya no era una mera teoría, sino una experiencia vital) o de un árbol, se podía estar leve (un pequeño rasguño), grave (de ahí el nombre, y que significaba que te habías roto algún hueso) o de pronóstico reservado (que no sabías muy bien lo que significaba, pero que debía ser algo así como guardar silencio a la puerta de un hospital, más o menos, es decir, que hasta los médicos no decían ni pío, se reservaban su opinión en espera de acontecimientos). También, según señalaba el libro de texto, había muchas clases de nubes: cúmulos, nimbos, cirros... y ésa sería, ¡me cago en la mar salada!, ¡diablos! Por éstas y otras expresiones similares, su madre le ponía una pizca de pimiento picante en la boca, apretándole la nariz con los dedos de una mano para no dejarle respirar y con la otra (que solía ser la siniestra diestra), le introducía el condimento a través de los, en principio, apretados labios, mientras le daba impagables consejos, tales como, que no se decían palabrotas, que no se le ocurriera escupirlo, y que tenía mucha suerte, porque la próxima vez, y se lo advertía tajantemente (ya se lo había advertido unas mil doscientas veces), le iba a echar lejía y jabón en la boca, y le iba a frotar la lengua con un estropajo... Así, a palo seco, la especia sabía a rayos y centellas (que era otra expresión que se utilizaba, aunque en realidad nunca había probado ni los unos ni las otras, pero sí un pescado que se llamaba raya y unos cangrejos grandes que denominaban centollas, muy sabrosas); pero aún así, el pimiento picante sabía mucho mejor que el aceite de hígado de bacalao (¡las tripas del bacalao!, ¡sólo el nombre ya repugnaba!), y con el pulpo, era una auténtica delicia que te hacía picar un poco la garganta, como aquella tapa que tomara en “El Gato Negro” cuando acabó el curso, por haber aprobado todo. Espolvoreado encima del pulpo, el pimiento picante le daba color y sabor y “tiraba del vino” según expresión de su padre, e incluso a él le permitieron tomar un poco de tinto con gaseosa, que le produjo cierta euforia, del mismo estilo que cuando bebía quina “San Clemente” en alguna celebración, o en un ponche con huevos batidos que me hacía mi madre cuando estaba enfermo de gripe. Asimismo le regalaran un balón de reglamento de pentágonos negros y blancos que parecía un tablero de ajedrez redondo, y ese día se quedara dormido con suma facilidad, sin que le diera tiempo a acabar la segunda viñeta de tebeo. En conclusión, por lógica matemática y racional, después de tragar el pimiento picante, él podía pedir un vaso de vino, siguiendo al pie de la letra la expresión de su padre, pero comenzaba a intuir (después de varios fracasos), que la lógica racional estaba reñida con la lógica de los adultos, así que se contentaba con darle un trago, a hurtadillas, a la botella de jarabe de quina que se guardaba en el chinero, que hacía las veces de reconstituyente universal, o al bote de leche condensada para sacar el mal sabor de boca que producía el picante sin el acompañamiento del pulpo

Eso del castigo por los tacos y exclamaciones varias, parecía un poco embrollado, lioso como una raíz cuadrada o como las capitales de Rumania y Hungría. En la ciudad, pimiento picante y algún que otro zapatillazo en el trasero, y en la aldea, te amenazaban con el hombre del saco o con el “Coco”, que no tenía que ver con los cocos de las películas de “Tarzán”, aunque sí con la mona “Chita” (recientes descubrimientos de la genética, aclararon que se trataba de un mono y no de una mona), porque las descripciones de quienes lo vieran y la consecuente imaginación, dotaban al susodicho “Coco” de un aspecto simiesco: el de un tal “Yeti” que vivía en las nieves y bajaba de vez en cuando a hacer sus fechorías, y a pesar de que las nieves quedaban a miles de kilómetros (en el Himalaya, que estaba siempre helado como un cubito de hielo), el tipo se dejaba ver ocasionalmente por aquí, y más valía no encontrarse con él porque del susto te quedabas tieso como la mojama (otra expresión que no entendía en absoluto). No obstante, el hombre del saco era mucho peor, malísimo, descomunal y contrahecho como Quasimodo o el gigante de Pulgarcito; metía a los niños malhablados y desobedientes en un gran macuto de patatas que olía a podrido como aquel olor de Dinamarca en los tiempos de un príncipe que parece ser que dudaba mucho y estaba siempre diciendo ¿ser o no ser?, y los llevaba a su casa en la espesura del bosque, en un lugar determinado, pero que nunca aparecía en el mapa, cual si se lo tragase la tierra: era ilocalizable, podía estar aquí arriba en el monte o en Transilvania, morada de su compinche Drácula; después de atiborrarlos con pasteles y bombones para que se confiaran, se los comía asados con patatas fritas, de lo que se deducía que dicho elemento no estaba enterado de que la antropofagia estaba prohibida, o a lo mejor poseía un permiso especial de las autoridades para eliminar a los pequeños delincuentes del lenguaje y de la conducta... Sea como fuere, el castigo de la ciudad era más tangible, y el de la aldea, dónde estábamos ahora, más diluido y por lo tanto mucho más peligroso.

Los pensamientos vagaban como la nubecilla, se antojaba difícil detenerlos, surgían y se asociaban como si tuviesen vida propia, mientras que la brisa caliente rozaba la cara, trayendo en su vuelo perfumes silvestres que dilataban la nariz cosquilleándola: la fruncías una y otra vez, hasta que te la rascabas con el dedo o la frotabas con la palma de la mano. Un abejorro gordo, parecido a un dátil peludo (aquí si que cabe decir como “Platero”), zumbaba uniformemente como un B-52 (que no era el nombre de una vitamina, sino de un avión que soltaba unas píldoras de mucho cuidado), y se introdujo en una campanilla roja, libando con ansia glotona, y luego en otra succionándola con fuerza, y más tarde en una tercera, hasta el punto que empezaba a causar un poco de envidia... El aire cargado de vida, henchido de aromas de tierra fértil, de simiente densa, olía como a pan recién cocido, lo que despertó su apetito, porque seguramente era la hora sagrada de merendar. Levantándose, buscó entre los enseres...

...Y encontró medio bollo de un kilo y una tableta de chocolate con leche y almendras, en una bolsa panera azul de cintas blancas. Metió unas onzas en un buen trozo de pan de abundante miga, dio un bocado considerable y masticó a dos carrillos, sintiendo el crujir de las almendras bajo sus muelas infantiles.

Cuando merendabas, de forma casi instintiva, buscabas un buen lugar para meditar u observar el paisaje, o leías algo entretenido. Bien es cierto que también dependía de lo que tuvieses entre manos, quiero decir, de lo que introducías en el pan: era distinto comerse un bocadillo de queso con membrillo, de los cuales tenías que estar pendiente para que no se te cayese ningún trozo por la retaguardia o por los flancos, a que si te lo tomabas de salchichón, que te daba más libertad, a pesar de que con el rabillo del ojo mirabas que no se te colase un trocito de pimienta negra que picaba casi tanto como un pimiento de Padrón, y creías que te lo había puesto allí tu madre a propósito, para recordarte que no debías decir palabrotas, y martirizarte.

La nubecilla se hallaba ya en un extremo de la bóveda celeste dirección Londres, vía Cedeira, o eso parecía, porque era sabido que las nubes cambiaban a menudo de dirección, ya que son un poco caprichosas como las niñas. Pero ya no estaba sola; se veía la línea blanca y espumosa de un avión a reacción y el destello dorado de éste a la cabeza; esa visión te hacía volverte un poco geómetra, y decías tajantemente: he ahí una línea recta en medio del firmamento. Una racha de aire elevó sus encrespados cabellos castaños y una sensación de bienestar iba apoderándose de él y le hacía entrecerrar los párpados en nebulosa ensoñación, y como no había que hacer nada en esos instantes, no se le ocurrió otra cosa que ponerse a soñar (cosa que estuvo haciendo, por cierto, desde que comenzó el libro).

Hacía un buen rato que el tractor, en el que viniera, dejara las pertenencias de la familia a la puerta de la vetusta casa, morada antaño de un ferreiro (todavía podían verse las ruinas de las paredes de la fragua, revestidas de una hiedra acorazonada, enfrente de la casa, fronteriza con el pozo) y de una echadora de cartas, que por aquí se llaman carteiras, renegridas por el uso, y que alrededor de un velador o mesa camilla, procuraba sondear los destinos ocultos y velados al sentido común. Otras veces, las menos, la mencionada, invocaba la presencia de algún difunto a instancias de aldeanas con mala conciencia, consiguiendo, de vez en cuando, que un espíritu diabólico ocioso les contestara, emitiendo éste cacofónicas voces o ruidos varios que ponían los pelos de punta como alfileres, lo cual no era óbice, sino antes acicate, para preguntarle más cosas, sobre todo concernientes a amoríos y dineros (si la había engañado alguna vez con otra, o dónde escondiera aquellos cincuenta duros que le diera su difunta tía Pipitiña, para comprar una vaca marela), a lo que el espíritu contestaba muy pormenorizadamente, pero con detalles tan contradictorios, que cabría tildarlo de guasón o de diaño bulreiro; aunque a la última pregunta contestase muy sensata y prudentemente: “preguntalle a Pipitiña”. Otras veces, las más, ejercía de menciñeira, recetando sin firma el cocimiento de todo tipo de hierbas, ideando cataplasmas de pócimas de su farmacia, friegas de unto, potajes de todo tipo, etc, adobado todo con noventa y nueve avemarías y otros tantos conjuros; pero no era la única, ya que los médicos de antaño (y aún los de ahora) recetaban de todo, y no remedios saludables incluso a los reyes, y ya lo dice el refrán: “de médico, de poeta y de loco, todos tenemos un poco”. 

El viaje desde la ciudad fue una delicia. Encaramado en algún mueble o colchón enrollado en el remolque de madera a cielo raso, en lenta singladura ondulante y traqueteante, observaba los curvos montes, oteaba las acuarelas de mar que se divisaban por la pizarrosa carretera de Valdoviño y Cedeira. Las playas que aparecían y desaparecían entre los accidentes naturales del camino: A Frouxeira y su laguna, O Rodo, desde varias perspectivas, que semejaban postales salvajes:  el inmenso mar azul que nos recibe desde la cerrada curva do Confurco, frondosos bosques, canteras abiertas por las cucharas gigantes de las excavadoras, toxos remotos de amarillas flores, las cuales, según dijo otro poeta, sonríen de miedo entre los espinos (poco tiempo después se hizo célebre el llamado licor de toxo, que beberlo, era perder el gusto y aún la salud, habiendo, no obstante, a quien le pareciese licor delicado, lo que viene a confirmar la sentencia de que hay tantos gustos como paladares, aunque los haya de estropajo). Todo ese paisaje, que se iba descubriendo en cada recodo de la carretera, inspiraba una ristra de lugares misteriosos, apropiados para construir cabañas, para realizar incursiones y exploraciones llenas de peligro con terribles fieras al acecho, para buscar fabulosos tesoros escondidos en cuevas inexpugnables, pero eso sí, llevando las mochilas cargadas de golosinas y de “Fanta” de naranja, sin que faltase una buena provisión de mixtos, ya que de hacer fuego con palitos, se encargasen los pigmeos del Africa o los aborígenes de Oceanía.

Dos de sus primas (de las muchas que tenía), Laura y Belén, llegaron con él en el tractor, y después de ayudar al conductor a descargar los bártulos (no los había muy pesados), el vehículo regresó a su lugar de origen (que era un auténtico enigma, sólo aparecía para llevar y traer las cosas, y el resto del tiempo se difuminaba), se dirigieron a una casa de los alrededores para encargar la leche necesaria para el mantenimiento de la familia durante el verano, que no era poca, mientras él merodeaba y vigilaba las pertenencias. Luego de dar cuenta del pan con el chocolate y de la distracción de soñar, se entretuvo dando balonazos contra la pared lateral de la casa, remedando a los futbolistas que salían por la televisión y en los cromos. Con los nervios excitados, a flor de piel, sudoroso, perlada la frente, pegada la camisa a la espalda, se detuvo, cansado, a mirar la playa (que en aquel momento semejaba un aeropuerto de gaviotas que graznaban como pterodáctilos), encima de un montón de piedras donde tomaban el sol dos lagartijas de verdes escamas y largas colas que, en lugar de escapar, se quedaron paralizadas como estatuas, con los ojos tan abiertos que más parecían liebres que lagartos, y se diría que tratando de disimular su presencia con el fin de pasar inadvertidas. No les prestó mucha atención, todavía no había llegado la hora de cercenarles la cola, pero, ¡qué se fueran preparando! (Esta actividad de desmochar reptiles, no era, en absoluto, gratuita, sino que poseía una finalidad científica, mediante un método experimental muy avanzado y de ilimitadas consecuencias para el desarrollo de la Humanidad, suponiendo que la Humanidad se esté desarrollando, porque los hechos parece que demuestran lo contrario. Pero sabido es que la observación y manipulación de los reptiles es de suma importancia para los avances científicos y la comprensión de la realidad, porque los lagartos, por ser lagartos, saben mucho de historia natural, y esto, señores, no tiene vuelta de hoja).

Después recorrió el maizal de la parte trasera de la casa, de surcada tierra seca y removida, haciéndose una peluca y un mostacho vikingo con las barbas das mazarocas. O maínzo le cubría todo, tan alto estaba, y yendo entre las hileras, se imaginó un soldado en la jungla. Cruzó la plantación a toda prisa como si escapase de unos enemigos invisibles, saliendo por la parte más baja, al campo que rodeaba la vivienda por ese lado. Encontró una enorme piedra y levantándola, no sin esfuerzo, descubrió un gigantesco hormiguero, meó encima al grito de “llueve”, provocando la desbandada de miríadas de hormigas que vieron trastornado el reino de su república, al par que se preguntaba que qué pensarían con semejante diluvio, y por fin, se apoyó en una losa clavada oblicuamente en el suelo y que hacía de lavadero, delante del pozo, esperando la llegada de los demás, despreocupado, con una mano en el bolsillo del pantalón y sintiendo en la espalda el calor de la piedra...

El resto de la tribu vendría en un seiscientos verde, en el autobús de líneas rojas (¿por eso era de línea?), y el viejo “Mazico”, como de costumbre, alquilaría un taxi o coche de punto como él lo denominaba, donde tendrían asiento su mujer, la abuela, quien llevaría acurrucada en su regazo a la gata (que no tenía nombre, pero que todo el mundo la llamaba “Micifú” (que decían que era nombre de gato), a lo cual ella nunca hacía caso, lo que indicaba su independencia), su hija (la que echaba pimiento picante) y su yerno, el cual también llevaría sobre sus rodillas el televisor “De Wald” (que no pertenecía a Wald, sino que era la marca). Este grupo (tractor, seiscientos, autobús y taxi), encabezaba la comitiva y representaba el núcleo principal y constante; posteriormente y a lo largo del verano aparecían más familiares, amigos y vecinos, que sumados a las cucarachas (que en general eran insignificantes, aproximadamente del tamaño de una ciruela pasa) y ratones (de éstos había tantos, que uno tenía que ser por fuerza el ratoncito “Pérez” y otro la ratita “Presumida”), hacían un número de habitantes por metro cuadrado bastante considerable y digno de ser estudiado por la Geografía Económica y por la Estadística.

Hablando de ratones, al rato regresaron sus primas con una caldereta de leche, que una de ellas llevaba en la cabeza tratando de imitar a las aldeanas del lugar, las que tenían un sentido del equilibrio tan admirable con los cestos, sellas, recipientes o cualquier cosa que llevaran en su cabeza, que hablaban, corrían o se giraban, sin que el contenido sufriese la más ligerísima merma.

--¿No abriste la puerta?—preguntó Laura, con pelo corto y pecas, jersey blanco con rayas horizontales, señalándola con el dedo y mirando hacia ella, algo enfurruñada por el contratiempo, bajando la caldereta y dejándola debajo del lavadero, a la sombra. Laura, o Mari Laura, como la solíamos llamar, poseía una gran imaginación. Siendo pequeña, su padre, el tío Pedro, la llevó en su “Vespa” hasta la cercana villa de Neda.

 

Por el camino, cuando apenas recorrieran tres kilómetros, asombrada, le dijo a su padre: “papá, ¡qué grande es España!”. Y tenía razón, porque el libro de texto decía que “España era una, grande y libre”; claro el que viejo “Mazico” comentaba que estos eran conceptos abstractos y demagógicos, y lo decía con un punto de picardía, con lo cual uno no sabía muy bien a qué atenerse.

--¿Y cómo la iba abrir, si no tengo la llave?—dijo el nieto de “Mazico”, encogiéndose de hombros—creo que la tiene abuelo, y no la suelta por nada del mundo.

--¡Vaya lata!—comentó de nuevo Laura—como tarden mucho se nos va a hacer de noche.

 Laura o Mari Laura, como la solíamos llamar, podía quejarse al principio una y otra vez, por cualquier cosa que la molestase, pero luego, pasados aproximadamente  quince minutos, se olvidaba del asunto.

--¡Ya vendrán! Y si tardan o no vienen, hacemos una cabaña con los trastos y dormimos aquí fuera... Incluso tenemos colchones—apuntó el chaval.

Belén, que también llevaba el pelo corto, y que le faltaba un diente, después de escuchar la conversación, se puso a cantar:

¿Dónde están las llaves, matarile, rile, rile?

¿Dónde están las llaves, matarile, rile, ron?,

mientras saltaba a la pata coja, en lo que era una consumada experta, entre los objetos por allí esparcidos. De repente, se paró como si recordase algo, y dijo:

--¡Tengo hambre!

--Hay pan y chocolate, y posiblemente haya un salchichón por ahí—señaló el nieto del viejo “Mazico”, buscando entre las bolsas. Por fin encontró una barra de salchichón, que abrió y cortó, teniendo por base una piedra alargada que había pertenecido al antiguo hórreo.

Ambas tomaron los alimentos con avidez y los tres bebieron leche metiendo y sacando un vaso de la caldereta de aluminio. Los grillos cantaban, y Mari Laura, precavida, mirando alrededor, argumentó:

--¡Lo vamos a pasar muy bien cuando los bichos empiecen a hacer ruidos!

--Con una buena estaca, o con el salchichón mismo...—comenzó a decir el niño, pero su imaginación representaba la oscuridad y alimañas por doquier, así que su valentía se fue diezmando diez veces seguidas—seguro que vienen pronto—finalizó, tratando de convencerlas y de animarse a sí mismo.

La nata y el chocolate abigotaban sus labios como si comiesen un helado. Belén se relamía como una vaca, incluso la nata le nevaba la nariz, dándole a su cara un aspecto simpático y pícaro a la vez. Belén era la más pequeña, dada a la aventura, y compañera de correrías del nieto del viejo “Mazico” que le llevaba pocos meses.

Los tres, saciados, guardaron silencio, miraron aquella casa de mampostería de piedras casi negras por el efecto de los largos años a la intemperie, unidas entre sí por un poco de barro y otras más pequeñas que como cuñas se introducían en las separaciones de las más grandes, y sintieron un agradable estremecimiento en sus corazones: la expectativa renovada del verano que se volvía a presentar de nuevo delante de sus incansables ojos infantiles. Un marco de cemento limitaba la puerta de dos hojas horizontales, en cuya base una gran losa de piedra daba la bienvenida. Y ellos saborearon los primeros momentos de su estancia en la aldea, de la misma manera que gustaron los alimentos, respirando y absorbiendo la mezcolanza de aromas y emociones que parecían desbordarse como una catarata de agua fresca y límpida.

Un sol de melocotón refulgía su ojo incandescente detrás de la quebrada corona del pinar, barnizando de oro aquellas piedras viejas y oscuras de la fachada, pareciendo apresurar su paso para tomarse un baño en el fresco océano. De vez en cuando, las copas de los árboles emitían un rumor suave y se mecían trémulas como un cabritillo. El día menguaba, los últimos grillos hacían cri-cri (que impulsó al nieto del viejo “Mazico” a buscar sus escondrijos y cazarlos), los gatos se desperezaban dispuestos para la caza y mostrar el lado fiero que llevan dentro, y recendían todos: flores, trigales y mar en su plenitud de copa rebosante, en un día estival de principios de julio.

Cazaba los grillos el nieto, hablaban de sus bañadores las nietas del viejo “Mazico”, cuando aparecieron otros miembros de la familia. Escalonadamente y en poco margen de tiempo, fueron llegando casi todos. Como el taxi, un 1500 negro impecable, no podía bajar hasta la puerta de la casa por las estrecheces e inclinaciones del camino, el televisor tuvo que ser transportado en un burro alquilado a Severino, vecino del lugar. El burro, que respondía (por regla general, rebuznando), al animoso nombre de “Rayo” (aunque era lento como un caracol), presentaba un aspecto fuerte, pardo, ralo, de orejas afiladas como los colmillos de Drácula y su trotar era cadencioso, cuando se  animaba a hacerlo, cosa que ocurría de tarde en tarde, y siempre después de mil y una reconvenciones por parte de su dueño, con lo que demostraba un carácter arisco y terco, pareciendo ser algo habitual entre los burros y otros cuadrúpedos, amén de otras especies, que en principio se dicen más desarrolladas. La visión de un aparato de la tecnología más reciente a lomos de un animal creado el sexto día, era digna de contemplarse: la tele iba en un cesto, metida perpendicularmente de lado, con la pantalla hacia fuera, como llevando la boca abierta de admiración y pareciendo que protestase por tan indecorosa posición y transporte tan rudimentario. Bien es verdad, que todos temblábamos, no por “Rayo” (al que partiera un ídem, aunque el pobre animal no nos había hecho nada, más bien todo lo contrario), sino porque temíamos que con tanto vaivén se estropeasen los sensibles fusibles y las delicadas lámparas de la televisión, tesoro más preciado que las pirámides de Egipto (aunque éstas, creo que no eran nuestras), y contuvimos la respiración hasta que comprobamos que el aparato estaba intacto, gozando de buena salud encima de una mesa, en una esquina del piso superior.

Terminado su trabajo, el pobre burro, fue víctima sucesiva y en rosario inacabable, de intentonas de jinetes de medio palmo, que trataban de encaramarse a sus lomos utilizando como estribo una banqueta metálica de asiento amarillo que, a pesar de la sequedad de la tierra, hundía sus patas en la superficie con el peso de los intrépidos vaqueros, los cuales, una vez arriba de su espinazo, no sin enorme esfuerzo, a duras penas conseguían que el contumaz animal se moviese dos centímetros, haciendo honor a su fama de testarudo: “¡Arre burro!”, le decían una vez y otra, pretendiendo ganar al cuadrúpedo en perseverancia. Ni por las buenas ni por las malas. Ni dándole pexegos o azúcar, que se zampaba en medio suspiro, ni llamándole zascandil, “Rayo” se movía de su sitio a la puerta de la casa. Posiblemente, harto ya de tanto abuso, el pollino comenzó a protestar, rebuznando con tanta fuerza, que su patrón creyó que se iba a quedar ronco, y tan preocupado estaba por el asno, que la ansiedad le llevó a admitir que quería más al burro que a su mujer, y que era la mejor pieza (el burro, no la mujer) que comía alfalfa en el mundo (esta última parte me suena de algo); al poco, se unieron al solista otros de su especie que por distintas partes de la aldea se encontraban, y armaron tal alboroto, que si hubieran dilatado el concierto con un bis, todo el mundo se hubiese quedado como Beethoven, incluidos los propios rucios. Pasado el recital de los burros, el abuelo, el viejo “Mazico”, que había estado pendiente de nuestra infructuosa actividad de jinetes, nos preguntó de pasada: “adivina, adivinanza, ¿qué fai un burro ó sol?—a la vez que ataba un palo, introduciéndolo por una argolla, a una lona blanquecina que se iba desplegando a la entrada de la casa como un pequeño circo de saltimbanquis. Nos miramos unos a otros, sorprendidos por tal cuestión, y decíamos lo primero que se nos venía a la cabeza: “rebuznar”, “ponerse moreno”, “reírse”... “No, no, no”—contestaba el abuelo prosiguiendo con su tarea. Los intentos por atinar con la respuesta se multiplicaron, e incluso los mayores que lo habían oído quisieron aportar sus reflexiones: “pastar”—acabó diciendo la abuela. “No. Me extraña que no lo sepas—le dijo “Mazico” a su mujer—xa cho contéi moitas veces. Tenéis que adivinarlo”—nos dijo a nosotros. Y nos dejó con la duda, como la que tenía aquel príncipe de Dinamarca.

Limpióse, fregóse y aderezóse la vivienda, y ya presentaba un aspecto distinto y habitable, desaparecidas la capa de polvo y unas cuantas telas de araña que la hacían semejar a la casa de Los Monsters. Colgadas y clavadas a las vigas, de las que llovía serrín que se apilaba en pequeños montoncitos, se desplegaron colchas de brillantes colores a modo de finas paredes que dividían las habitaciones del piso superior, y se dispusieron colchones de todo tipo: espuma, lana, muelles, por el suelo de madera pulida por el uso y la lejía. Solamente una estancia, cuyas paredes eran de madera barnizada, presentaba una puerta y correspondía al dormitorio del viejo “Mazico” y de su mujer, patriarcas del clan. El primero, después de desenvolver cuidadosamente uno de sus bienes más preciados, a saber: el transistor, que él pronunciaba a la vieja usanza: “transístor”, intentaba colocar un reloj de pared, de campanadas poderosas que hacían retumbar la casa, en un cáncamo, encima de un aparador estilo castellano, encaramado a una banqueta de tres patas, o mejor, de dos patas y media, porque la otra media estaba tan carcomida, que era serrín mal pegado. Le daba cuerda con una llave que siempre llevaba consigo (llevaba tantas llaves que parecía un sereno), y que trataba como si fuese la entrada al baúl de los tesoros; lo pone en hora guiando con el dedo índice sus agujas, golpea el péndulo dorado suavemente y acerca el oído como si auscultase el corazón del reloj, concentrado en el tic-tac como avezado relojero suizo. Ni el Big-Bang estaba mejor cuidado.  Asiente satisfecho y se pasa la mano por su calva cabeza, cuando la peana en la que estaba sostenido se desmorona como un castillo de naipes o como el imperio romano. En su caída, intentó agarrarse al saliente del mueble, sin conseguirlo, luego quiso asirse a una colcha que se rasgó con su peso, y a no ser porque aterrizó en un colchón, la costalada lo hubiese dejado sin costillas, manifestándose, de nuevo, la importancia suprema de la ley de la gravedad, que te atrae como un imán. Un candelabro violeta de doradas aristas y una botella de coñac “Fundador” que en el mueble se encontraban, lo acompañaron en la caída, pero éstos, desgraciadamente, no tuvieron tanta suerte, quedando el candelabro, descalabrado, el coñac, escoñado y desenfundado, y la botella, desbotellada, quiero decir hecha trizas. Al oír el estruendo, corrimos y subimos al lugar del despropósito, y nos encontramos al viejo “Mazico” peleándose con la colcha, como si ésta fuese la culpable de la caída, y diciendo mil y una barbaridades, sin temor a que le introdujesen en la boca el pimiento picante por tales exclamaciones.

Acto seguido, antes de que el sol poniente se sumerja y desaparezcan sus oblicuos rayos que todavía se reflejan en las ventanas abiertas de par en par, aunque eran tres, Severino, factótum de la aldea, se sube al tejado por una escalera de madera de no muy buena guisa, para sintonizar adecuadamente la antena, siendo informado  desde una ventana de las variaciones de la imagen para saber hacia dónde tenía que girar el esqueleto de tubos: “a la derecha..., un poco más..., ¡quieto!..., ¡no, se ve granulado!..., ¡ahora!, ¡no te muevas por nada del mundo!”. “¡Ahora!” gritábamos todos en explosión jubilosa, satisfechos y contentos de poder ver la televisión. “Sí, pero ahora, téñome que quedar co brazo levantado”, decía el dueño del burro con expresión de fastidio, camisa verde fosforito al viento como bandera de una república bananera. Pensábamos que Severino era un poco quejica. “No te preocupes, hombre, que el verano pasa enseguida, y no nos olvidaremos de ti a la hora de comer”, le dijo una de las mujeres. Otra, siguiendo con la fiesta, le comentó: “no nos tires los tejos, rapaz”, lo que produjo carcajadas por el doble sentido, aunque algunos de los presentes, entre ellos el nieto del viejo “Mazico”, no lo entendieran hasta bastantes años después. Severino meneaba la cabeza contrariado, musitando no se sabe qué, pero allí arriba, estaba imponente, pareciendo, a veces, un pararrayos psicodélico, por momentos, un espantapájaros de última moda, y siempre una veleta surrealista, compitiendo, con su brazo en alto, en donaire y gracia con la mismísima Estatua de la Libertad, suponiendo que ésta tenga dichas cualidades. Después de quinientas variaciones, se consiguió que se viesen las dos cadenas: VHF y UHF, que cualquiera sabía lo que significaban, aunque se oyó una voz autorizada diciendo no sé qué de alta fidelidad, para alivio del paciente Severino, que ya no lo iba siendo tanto, y con razón.

Paramos un momento de nuestra labor de acondicionamiento del lugar y de la casa, para observar la puesta del sol, el cual, en ese instante, presentaba un color butano, estando su círculo tangente a la raya del horizonte; negras siluetas de barcos se dibujan a contraluz: petrolero, carguero, velero y pesqueros, con pantalla naranja como fondo, que prende su tapiz de fuego en unas aguas de plata como coraza romana bruñida por un limpia metales. En los laterales del escenario, el perfil milenario y metamórfico de las rocas de angulosos priscos y los recortados acantilados, enmarcan el cuadro en pétrea quietud, de tal manera, que aún el mar parece fosilizado, detenido como si estuviese posando para una fotografía. La noche avanza bajo un cielo claro de añil. Aunque era un ocaso, y todo crepúsculo tiene un ápice de derrota y nostalgia, cabría definirlo como un ocaso triunfal. Viendo semejante espectáculo  natural no es de extrañar que las legiones romanas sintiesen un solemne pavor al ponerse el sol, tragado por el mar en el curvo horizonte, cuando llegaron a estas tierras galaicas, las que desde sus atalayas naturales muestran la grandeza imponente de los mares atlánticos.

--Aquel carguero viene de La Habana cargado de puros—comenta el viejo “Mazico” a sus nietos.

--¿Cómo lo sabes?—le preguntan sorprendidos de nuevo por el comentario.

--Pero, ¿no veis el humo que echa?—responde risueño—todos los tripulantes deben de estar fumándose un habano, y el humo sale por la chimenea.

Los mayores nos explicaban detenidamente cómo podíamos distinguir los diferentes tipos de barcos: que si el puente estaba detrás se trataba de un petrolero, que si el mástil despuntaba en el medio correspondía a un carguero, que si el velamen de esta manera señalaba a una goleta... Por la derecha, majestuoso, apareció un trasatlántico blanco semejante a un enorme cisne, reflejándose en sus cristales el sol poniente; éste, como si fuera consciente de su excelencia, parecía retardar la despedida tiñendo de naranja cielo y mar y dorando el tubo plateado de la antena.

Se prepara la cena a la luz de un candil, puesto que se ha ido la eléctrica. La compañía que la suministraba era la repera. Bueno, en realidad, nos habíamos enganchado sin permiso, pero eso carecía de importancia, una nadería.  El servicio era deplorable, habitualmente fallaba y de noche, apenas podíamos ver un programa de televisión completo; de los “Estudio 1”, siempre nos perdíamos el final, y frustrados, nos acostábamos echando pestes. En esta parte del universo la luz eléctrica hizo su aparición el doce de octubre de 1962, casi quinientos años después del descubrimiento de América. Hacía pues, dos días mal contados. El tío Mario también se había subido al tejado y mediante un cable nos enganchamos a la civilización. Unas piezas blancas que parecían de porcelana, zumbaban por allí. Lo de la electricidad era un asunto sumamente peligroso como advertían en los transformadores: ¡Peligro, no tocar! con  el dibujo de una calavera pirata que representaba la muerte, así que tú no lo tocabas porque no tenías la intención de jugarte el pellejo, aunque el hecho del aviso ya provocaba en ti la tentación de hacerlo; ya lo decía Pablo de Tarso: la ley te es ocasión de caer; claro que luego veías a los pájaros a modo de notas musicales en los pentagramas de los cables y te preguntabas por qué ellos estaban tan frescos y si lo hacías tú, te quedabas tan chamuscado como un trozo de carne pasada de más en el fuego. En Coruña había unos trolebuses que iban guiados por unos cables que soltaban unas chispas ambarinas como las de los cohetes de las fiestas por la noche, y al montarte en uno de ellos temblabas al pensar en la posibilidad de que a ti también te entrase la corriente y te quedaras frito como un buñuelo.

En el exterior, a la puerta de la casa, debajo del gran toldo blanco ya desplegado a modo de tienda de beduinos, se colocó la luz de carburo, que bailaba el twist, y multitud de insectos y mariposas se acercaban a su alrededor revoloteando y curioseando como vecinos mirones, pensando tal vez, que se trataba de una sala de fiestas de neones amarillos y azules para sus respectivas especies. Las luciérnagas, que eran viejecitas haciendo la cena (generalmente papas), según nos decía la abuela, encendieron sus farolillos verdes alumbrando con sus linternas los aledaños de la casa, y en un matorral enroscado a las piedras de la vieja herrería, se juntaban tantas, que parecían las luces de una diminuta ciudad. En el mar, el trasatlántico, ya iluminado también, casi a punto de perderse detrás del monte, navega hacia el occidente, posiblemente hacia Nueva York, dijo el tío Mario observándolo atentamente. Y una luna de leche condensada se deja ver en toda su redondez misteriosa (pocos años después unos astronautas se dieron un paseo por allí, por el Mar de la Tranquilidad, nombre que me producía cierto desasosiego...).

El viejo “Mazico”, que padecía del estómago (se tomaba un jarabe blanco, acaramelado y espeso como se tomaba clarete), debido al ajetreo de la llegada y al susto de la caída y a la pelea con la colcha, solamente intentó tomar unas papas de “Maizena” (que no las habían hecho las luciérnagas, sino su mujer, la abuela) para asentar su maltrecho estómago. Pero como no les tenía mucho apego, al ver el plato, comentó resignado el latiguillo de una vieja copla popular:

Pola mañá comín papas,

polo xantar, papas e pan,

á merenda pan e papas,

e á cea papas me dan.

--¡Y qué ricas qué están!—dijo la abuela, tomando una cucharada del plato de su marido. La abuela, sin embargo, tenía debilidad por las papas y la compota de manzanas. Podría afirmarse, si esta palabra existiese en el diccionario, que era “papófaga”.

--Pues, para ti todas—dijo el viejo “Mazico”, pasándole el plato—además teñen cadullos como ovillos.

--¡Qué exagerado eres! Un par de grumos que apenas se notan—volvió a decir la abuela tomando otra cucharada del plato, con tal satisfacción, que estuve a punto de decir que me diese la prueba, pero al instante recordé que no me gustaban nada.

Testigo del suceso de las papas, Laura, recordando la adivinanza, comentó:

--Abuelo, echamos papas de la adivinanza. ¿Qué hace un burro al sol?.

--¡Espera un poco!—dijo Gelis, poniendo cara de pensar profundamente por espacio de unos cinco segundos—bueno, dilo—dándose por vencida.

--¡Burradas!—dijo mi madre riendo—un burro ó sol fai burradas.

--¡Non! Un burro ó sol fai...—empezaba a decir el viejo “Mazico”, pero al notar el creciente interés por nuestra parte, recapacitó—Pensándolo ben, non o vou a decir. Estrujaros un poco más vuestra sesera...—zanjó, apoyándose en el respaldo de un sillón de mimbre, en el que estaba sentado, y entrelazando sus manos a la altura del regazo, entornando los ojos, mientras recordaba alguna canción favorita, que enseguida se puso a tararear, en pose característica, se sumió en sus pensamientos, dejándonos otra vez con las ganas de saber la respuesta del acertijo.

Durante un rato, de ésos de los que se dice que ha pasado un ángel, que nunca nadie ve por cierto, cesaron las conversaciones, oyéndose solamente el ruido de los cubiertos, los silbos y chirridos de los animales y el suave rumor incesante del mar desgranando su monótono arpegio. La primera noche en la aldea siempre provocaba una sensación especial, como si los sentidos saliesen  de sus cauces y les costase volver a sus lechos. Parecía un momento mágico, enervante, donde se mezclaban impresiones variadas: reminiscencias de paz, rodeadas de algo misterioso y sublime a la vez; el contraste entre el ajetreo humano de la ciudad y el sosiego inquietante de la naturaleza, salvaje y solitaria. Bajo un inmenso cielo, donde colgaban infinitas estrellas, que parecían calcomanías, la noche, a pesar de ser estrellada y de plenilunio, intimidaba, a la vez que la emoción por lo nuevo y el abrigo familiar te confortaban y te protegían. Si fuésemos filósofos hablaríamos de la quietud metafísica del firmamento, debatiríamos las consabidas preguntas kantianas: ¿qué es el hombre?, ¿qué me cabe esperar?, etc... y si fuéramos poetas quedaríamos extasiados del resplandor fulgente y plateado de la luna lunera y escribiríamos un poema exagerado y grandilocuente, pero lo que hicimos fue seguir cenando.

La luz del candil y algunas velas colocadas encima de la mesa, alargaban las sombras como las figuras pintadas por El Greco, reflejándose en el suelo y en las silveras que cubrían las antiguas paredes de la herrería. Nos entreteníamos haciendo sombras chinescas, y más allá de ese arco visible que se extendía cerca del pozo, camino arriba, la penumbra amenazaba con temibles alimañas, sobre todo con el raposo, que salía los días de luna llena, y se comía las gallinas sin desplumarlas, siendo el colmo de la depredación. Todo cobraba vida en la oscuridad, cualquier ruido producía sobresalto, con cualquier chirrido el corazón daba un vuelco. Los mayores se burlaban con nuestras caras de susto, pero seguramente ellos tampoco estaban del todo tranquilos; siempre podía aparecer un “Landrú”, un destripador, o el propio hombre del saco, con lo cual saldríamos en “El Caso”, periódico del que decían que era muy entretenido y de portadas muy atractivas.

El abuelo “Mazico” cuenta una historia durante la cena muy a propósito de la luz, o de la carencia de la misma:

--Recuerdo hace muchos años, cuando era poco más o menos como vosotros, y de aquella éramos,...¡pssssss!, diez o doce hermanos, de los diecisiete o diecinueve que llegamos a ser;  la verdad nunca supe el número exacto. Mi madre nos había preparado unas castañas asadas, cuyo olor ya alimentaba, y que para nosotros eran un auténtico manjar, y justo cuando dejó la fuente en el centro de la mesa, se fue la luz, quedamos a oscuras. Ella dijo, todavía la estoy viendo...

--Pero, abuelo, ¿cómo la veías, sino había luz?—le interrumpió Laura, o Mari Laura como la solíamos llamar, con cara de asombro mientras mojaba una galleta en el “Cola-Cao”.

“Mazico”, al que no le gustaba nada que le interrumpieran cuando estaba contando algo, comenzaba a proferir un taco, pero al reparar en su menudo auditorio, carraspeó, soltó un ¡Martín Pirulicio!, y explicó que se trataba de un decir, de una frase hecha.

Continuó:

--...Dijo, decía, que nadie toque nada hasta que yo venga con una vela, ¡ay de aquél que se atreva a coger una¡, sí, mamá, asentimos todos, pero mentíamos como bellacos, mentíamos más que Mahoma...

--¿Quién es Mahoma?—le interrumpió Gelis.

--¡C...!, ya te lo explicaré. ¿Me dejáis acabar? Como tardaba, yo pensé que dada la oscuridad, fiel aliada de mi pícara determinación, nadie echaría en falta una castaña. Así que, ni corto ni perezoso, adentré la mano hacia donde creía que estaba la fuente. Mi sorpresa fue monumental al comprobar que no fui el único en tener tan desobediente idea. ¡Todas eran manos!, ¡todos culpables! Mi madre llegó en ese momento con la candela y nos pescó, como se dice, con las manos en la masa y en la mesa. Se enfadó mucho, aunque creo que también le hizo algo de gracia...

--Abuelo, te va a llevar el hombre del saco...—dijo Belén, que se estaba adormeciendo.

--¡Ja,ja,ja!, si no lo llevó de aquella...—comentó la abuela.

--¡Martín Pirulicio!, ordeno, mando y hago saber que me dejéis terminar... No remató ahí la cosa. Nos castigó sin castañas, asegurándonos que se lo contaría a papá, para que nos diese otro tipo de castañas por no obedecer, y no me refiero a las de comer...

--¿A cuáles te refieres, entonces?—inquirió su nieto.

--A unas que os voy a dar cómo continuéis interrumpiéndome... En definitiva, fuimos a la cama ayunos de postre, pero comprobamos que la fuente fue dejada en la cocina, o eso creímos todos. La luz no venía, así que yo, pensando en la cama e imaginando lo deliciosas que debían de estar las castañas, el estómago se me derritió y la boca se me hizo agua...

--¿Se puede derretir el estómago?—preguntó Rosi.

--Se puede, se puede... ¡hum!, y se me hizo la boca agua, así que decidí levantarme e ir despacito, cual caco, y a tientas, a la cocina, para comer al menos una, que a fin de cuentas no se habría de notar y que no creía que mi madre las tuviese

 

 

 

A LAS VACAS DE LA SEÑORA ELENA NO LES GUSTA EL PIMIENTO PICANTE

Autor: Manuel Díaz Vázquez, que es también autor de QUESO FRESCO CON MEMBRILLO

 

 

 

 

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