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MANUAL DE PRIMEROS AUXILIOS PARA
DIVORCIADOS, de Ramón Maceiras
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Ya no la quiero, es cierto,
pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la
tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último
dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Pablo
Neruda, Poema Número 20.
A manera de introducción
Este libro está escrito desde la
perspectiva masculina y es casi un libro de viajes. Un viaje a través del dolor
producido por una separación traumática. Y es también un viaje terapéutico. Es
la culminación de una terapia de procesamiento de la pérdida, en la cual hemos
transitado por todos los pasos pautados por la psicoterapia occidental. Desde
la primigenia negación, la rabia, el reproche y el autorreproche, el dolor, la
resignación, la aceptación, el reencuadre de la vida. Y por último, el
procesamiento intelectual en forma de libro, que tiene como objeto cumplir con
el último paso: compartir la experiencia personal de la separación y el
divorcio con otros hombres y mujeres de este tiempo.
La
noticia que trae este libro es que no hay divorcios “guay”. No hay divorcios
felices y tranquilos como dogmatiza la corrección política en boga. Que por
mucho que lo nieguen los “gurús” de moda, los
tertulianos superficiales y ciertas revistas femeninas, el pasado pesa mucho en
el presente de un hombre separado o divorciado. Que cuando se han establecido
fuertes lazos emocionales con otras personas (una mujer, hijos), lo normal, lo
humano, lo digno, es que se produzcan poderosas reacciones emocionales cuando
esos vínculos se rompen. Lo anormal y patológico es que no haya dolor.
La
noticia que traemos es que cuando un hombre se queda solo, irrumpe desde lo más
profundo de su ser la necesidad de afecto, comprensión, seguridad, protección.
Y que ese apego tiene un valor de supervivencia, distinto de la nutrición y la
sexualidad.
Por muchos motivos, ser
varón en estos tiempos no es tan fácil como era en el pasado. El problema es
mayor cuando el hombre se siente obligado a sostener lo que algunos
especialistas denominan rasgos de la masculinidad hegemónica. ¿De qué se trata?
Son aquellas características asociadas con el ser varón que la cultura
occidental refuerza y hasta estandariza, como las conductas de riesgo, los comportamientos
agresivos, el poco cuidado por la propia salud, la desconexión con la
percepción emocional y la obligación de demostrar fortaleza a toda costa. En
otras palabras, la sociedad presiona para que los varones se diferencien
claramente de las mujeres.
En los últimos años,
diversos estudios han demostrado que la práctica de estas conductas asociadas
con estos rasgos masculinos de la cultura dominante representa un serio riesgo
para la salud de los hombres. “Los varones que se refugian en estos comportamientos
están más propensos a enfermarse tanto física como emocionalmente”, sostienen,
por ejemplo, algunos estudios de la Organización Panamericana de la Salud ¿Por
qué? Entre otras cosas porque los hombres se cuidan menos, corren más riesgos y
responden más agresivamente al estrés. Además, están más expuestos a las tres
primeras causas de muerte: lesiones no intencionales, homicidio y suicidio.
Hoy los varones tienen menos
poder pero son paradójicamente compelidos por la sociedad a comportarse como si
lo conservaran. En este cuadro de situación los varones conforman una
‘población en riesgo’. Tienen problemas consigo mismos, con las mujeres y con
el mundo. Deben demostrarse a sí mismos que pueden, aunque esto no sea así. ¿El
resultado? Impotencia, confusión y, a veces, enfermedad.
Ser varón sigue estando ligado a saber,
poder y tener, ser importante, sentirse orgulloso y confiado de sí mismo. Todas
cualidades con un denominador común: potencia. Ahora bien, éste héroe que debe realizar
conquistas exitosas, que debe dominar sus pasiones y con un cuerpo que debe
resistir todo, se encuentra con la discordancia entre el modelo internalizado y
las propias posibilidades de concretarlo.
Esta contradicción es fuente
permanente de conflicto, en el marco de una sociedad que le permite cada vez
menos el éxito, y al mismo tiempo se lo exige cada vez más.
Así es que la inseguridad generada por esta tensión se
suele resolver a través de la prepotencia y surgen tendencias a la
impulsividad, la desconfianza, la disminución de la capacidad para comunicarse,
el silencio, la sexualización de los vínculos, la pobreza en la empatía, la
anestesia y el bloqueo emocional y corporal. De allí lo peligroso de algunas
propuestas que se caracterizan por postular el imperativo del pensamiento
positivo. Su consigna más conocida es: "tú puedes". Entran en
sintonía con el mandato masculino del héroe que todo lo puede - Superman - pero
no contribuyen al reconocimiento, procesamiento, ni elaboración de los
conflictos emocionales en juego.
El “tú puedes” se constituye en un mandato
difícil de cumplir y también de desobedecer: se trata de ser un héroe sin dar
cabida a la fragilidad, la cual es vivida con extrañeza y vergüenza cuando
aparece. Así es como solemos encontrarnos con el uso de psicofármacos, drogas,
alcohol, como anestésicos emocionales y corporales.
Los viejos modelos de ser varón no han muerto y los
nuevos no han terminado de nacer.
De
tal manera que una de las exigencias sociales que más agobia al varón de
nuestros tiempos es la siguiente: se supone que los hombres no deben
sufrir en exceso por causa de la separación y el divorcio. En el superficial
mundo de la corrección política postmoderna en el que estamos instalados, las
demostraciones masculinas de dolor, desesperación, abatimiento, están muy mal
vistas y se nos sugiere sutilmente que las ocultemos.
Decepcionará a muchos de sus amigos, quienes al verlo en ese
estado, huirán de usted como de la peste. Ellos jamás pensaron que usted fuera
tan “débil” y “vulnerable”. Su ex mujer calificará como chantaje, debilidad y
hasta como acoso cualquier intento de compartir con ella su lamentable estado
de postración emocional.
Ella también le reprochará su inmadurez (razón de más para
alejarse de usted) y le instará a que “acepte” la separación y haga como la
pareja de fulanita y fulanito “quienes se llevan muy bien” después del
divorcio.
Usted ya no vive en su casa, lo han apartado de sus hijos,
pernocta en cualquier lugar frío y sin vida, se agota durante el día para
llegar a su habitáculo e intentar dormir…si puede. Sin embargo, la sociedad
espera que usted reaccione fríamente, que se “adapte”, que sea políticamente
correcto, que no incordie. Cualquier otro comportamiento seguramente obedece al
“despecho” de un machista que no “acepta” su nueva realidad.
Tratan de que usted se avergüence de su dolor. Que se reproche a
sí mismo ser tan emotivo. Se espera que usted se comporte como un “hombre”. A la sociedad le incomodan sus sentimientos de perturbación y
lanzan desde todos los frentes un mensaje sutil: “deja de dramatizar, sólo sientes pena por
ti mismo”.
Esta
brutal respuesta social puede quebrar las defensas masculinas y conducirnos por
el camino de la negación del dolor e impedirnos transitar por la terapéutica
senda del procesamiento de la pérdida que acabamos de sufrir. Abandonarse al
dolor está estigmatizado socialmente como algo mórbido, insano y
desmoralizador.
Así
que se supone que usted no debe sentir. Eso es impropio de un varón. Y mucho
más impropio de un varón postmoderno. Lo “correcto” es que nos distraigamos de
nuestro dolor. Bloquear nuestros sentimientos y no dar lástima. Sin embargo, las consecuencias de la negación
del dolor son terribles y están documentadas.
La
cruda realidad ha destrozado el mito de la “fortaleza” masculina. Todas las
estadísticas conocidas en los países desarrollados señalan que los hombres
están más expuestos que las mujeres a las terribles consecuencias del divorcio.
El Informe Iceberg, presentado por un grupo independiente de padres
separados en la comparecencia celebrada el día 25 de junio de 2001 ante la
Comisión Mixta de los Derechos de la Mujer del Senado de España, concluye entre
otras cosas, lo siguiente:
Basándose en estadísticas del INE, el número
de suicidios es 2.94 veces mayor en hombres que en mujeres casados y con hijos,
y 4.06 veces más en hombres divorciados y con hijos vs. mujeres
en la misma circunstancia.
Con datos del Instituto de salud y seguridad
social de Australia, el divorcio aumenta la tasa de suicidio de hombres 7.5
veces frente a 2.4 veces la mujer, siendo la del hombre divorciado la tasa más
alta de suicidio con gran diferencia.
Datos de USA prueban
que el riesgo de suicidio entre hombres divorciados era cerca del doble al de
hombres casados, en tanto no había diferencias estadísticamente significativas
para la mujer en idénticas circunstancias.
En el año 2006, más
de 70.000 hombres españoles abandonan su
hogar, sus bienes y sus hijos para siempre por una decisión judicial como
consecuencia de un divorcio.
Los suicidios, depresiones
e ingreso en la marginalidad suelen ser consecuencias posteriores de un
divorcio para los padres.
El dispositivo de
protección social del Estado no contempla los problemas de los hombres
separados o divorciados. Y eso es grave, porque el reencuadre de la vida de un
hombre divorciado en el orden práctico y emocional lleva su tiempo, y se
produce en medio de estados de ánimo contradictorios y cambiantes.
Para un hombre,
los días, meses, y a veces años, que siguen a la separación y al divorcio son
un período de pruebas extremas para su personalidad, su estabilidad mental y su
conducta futura. Normalmente, sólo depende de él. Se ha de moldear con fuego o
ha de perecer en las llamas.
El divorcio es
una verdadera pandemia en la Europa occidental. Las cifras hablan por sí
mismas. El Instituto de Política Familiar revela en su Informe del 2007 que
“España, con un incremento del 326%, es el país de la Unión Europea donde más
ha crecido la ruptura (matrimonial) en los últimos 11 años (1995-2006), seguido
de Portugal (89%) e Italia (62%) (2005)”.
Se han roto 13,5
millones de matrimonios en Europa en 15 años, lo cual ha afectado a 21 millones
de niños. El informe indica que Alemania, Reino Unido, Francia y España son los
países con mayor número de divorcios. Y son Bélgica y España los países de la
Unión Europea con una tasa de rupturas/matrimonios mayor.
España ha sido el
país con un mayor crecimiento en el número de divorcios en los últimos 11 años.
En los últimos 6 años el crecimiento ha sido espectacular: 262%. En 2006,
España ya es el segundo país en número de divorcios, sólo detrás de Alemania.
Por cada dos matrimonios que se producen en Europa, se rompe uno. Se ha pasado
de una relación de casi 5:1 en el año 80 (cada 4,6 matrimonios que se producían
se rompía 1 matrimonio)… a una relación 2:1 en el año 2005 (cada 2,3
matrimonios que se producen, se rompe 1).
El Instituto de
la Mujer, de España, recoge las cifras de separaciones y divorcios, según datos
de la Memoria del Consejo general del Poder Judicial. El crecimiento de la ruptura matrimonial es
como sigue: año 2000: 102.495; año 2001: 103.250; año 2002: 115.278; año 2003:
126.933; año 2004: 135.121; año 2005: 149.367. Cataluña, Madrid y Andalucía se
llevan la palma en el ránking español de divorcios.
No hay psicólogos
ni terapeutas suficientes para atender la problemática humana de este creciente
ejército de separados y divorciados. Nadie fue entrenado para afrontar un
divorcio. La pandemia se extiende y cada quien ha de enfrentar su problema
individualmente, como pueda, con resultados lastimosos la mayor parte de las
veces.
La sociedad
tampoco ha desarrollado habilidades para ayudar a los divorciados, más allá de
un puñado de frases hechas que de poco sirven y de un intento, a veces amoroso,
por distraer al divorciado de su dolor, que termina en un alejamiento paulatino
en la medida en que la situación se alarga.
En la cultura del
“sálvese quien pueda” en la que estamos inmersos, a los divorciados no les
queda más remedio que tomar el toro por los cuernos y enfrentarse a la
situación con valentía, buscando apoyo en la familia (que muchas veces no sabe
qué hacer) y en otros y otras que hayan padecido el mismo calvario.
El camino es duro. Transitándolo he aprendido que la experiencia
padecida nos enseña muchísimo más que cualquier cosa que hayamos leído,
escuchado o visto sobre el tema. Si estamos atentos a nuestras reacciones, si
nos observamos, si afrontamos el dolor, si nos abrimos a la experiencia,
aprenderemos mucho de nosotros mismos, revisaremos conceptos que creíamos
asentados, nos avergonzaremos de muchos comportamientos, conoceremos nuestra
sombra y el camino hacia la luz se irá abriendo poco a poco.
Como coach y practicante de la Programación Neurolingüística (PNL)
he visto sufrir a otros divorciados, los he acompañado, los he socorrido con
técnicas, discursos, historias metáforicas. Una vez que me ha tocado a mi, me
siento de alguna forma incómodo por haber tenido la insolencia en el pasado de
pretender ayudar sin conocer realmente el problema. Anthony de Mello inicia El
canto del pájaro con esta historia:
En cierta ocasión se quejaba un discípulo a su Maestro:
«Siempre nos cuentas historias,
pero nunca nos
revelas su significado»
El Maestro le replicó:
«¿Te
gustaría que alguien te ofreciera fruta
y la masticara antes
de dártela?».
Nadie puede descubrir tu propio significado en tu lugar. Ni
siquiera el Maestro. Por eso expongo desde el principio unas reglas básicas
para digerir este libro.
1.- Aquí está expresado hasta donde yo sé. No lo sé todo
sobre el divorcio. Los guerreros Masai lo enuncian con una frase: la verdad no
está en una sola cabeza.
2.- Lo que yo digo es verdad hasta cierto punto. Mi
experiencia es válida sólo hasta cierto punto. Mi experiencia es subjetiva. Es
más, toda experiencia lo es.
3.- Digo todo lo que digo a riesgo de equivocarme. Admito
que puedo estar equivocado. Una vez le preguntaron a Bertrand Rusell si estaría
dispuesto a morir por sus ideas y respondió lacónicamente: “no, porque puedo
estar equivocado”.
4.- Si ustedes quieren, lo que digo puede ser así como yo
digo. Aquí sólo puedo dibujarles mi mapa sobre el territorio del divorcio.
Porque en esto del ayudar a los demás he aprendido algunas
cosas. Sólo se puede ayudar a quien quiere ser ayudado. Y he descubierto que
muchos de nosotros asumimos nuestros padecimientos como parte de nuestra
identidad. Es frecuente escuchar frases como yo soy depresivo…yo soy
divorciado…yo soy fumador. Nos ponemos esas etiquetas en la frente.
Son nuestro carnet de identidad, y terminamos funcionando bien con nuestra
etiqueta ¿Por qué nos la quieren quitar?
Dice
la historia que se declaró un incendio en una casa en la que había un hombre
profundamente dormido. Trataron de sacarlo por una ventana, pero en vano. Luego
intentaron sacarlo por la puerta, pero sin éxito. No había modo, porque el tipo
estaba demasiado gordo y pesado. Todo el mundo estaba casi desesperado, hasta
que alguien sugirió: «¿Por qué no lo despertamos y
sale él por su propio pie?»
Sólo
los que duermen y los niños necesitan ser ayudados.
¡Haz
que despierten! ¡O que crezcan!
Mi sugerencia es que aprendamos a limpiar nuestra mirada.
Que despertemos y sigamos creciendo. Que aprendamos a mirar y ver con nuestros
propios ojos. A escuchar nuestras propias palabras. A percibir y darnos cuenta
de nuestros propios sentimientos. Cuando aparece una creencia, una idea, una
construcción mental, tenemos que preguntarnos si es nuestra. A lo mejor
descubrimos que vamos por el mundo con el mapa de otros, no con nuestro mapa.
Haciendo la salvedad de que ningún mapa expresa fielmente el territorio que
representa. “El mapa no es el territorio”, decía el ingeniero Korzybsky.
La experiencia de un divorcio puede ser una excelente
oportunidad para conocernos a nosotros mismos. Para conocer y ampliar nuestro
mapa. Y eso puede ser todo un descubrimiento. Hay un capítulo clave de este
libro dedicado a ello.
En este libro hay muchas historias, cuentos zen, sufís,
indios, historias cómicas y paradójicas. Hay psicología, filosofía,
espiritualidad, técnicas, ironía, poesía. Y es así porque procesar la pérdida
que implica un divorcio nos lleva a revisar profundamente nuestras creencias,
filosofías de vida, nuestra identidad, valores y los aspectos más profundos de
nuestra personalidad.
Claro que usted puede también hacerse el duro, reafirmarse
en sus trece o acogerse a la filosofía “cool” del “acéptalo”, “hay más peces en
el mar”, “no te comprometas sentimentalmente”, “es sólo sexo”, “para no sufrir
es mejor no amar”, “si hay apego no hay amor” y demás creencias del narcisismo
postmoderno. Es una opción. Usted decide. Lo fundamental es que no hable por
boca de otro. Que no siga modas. El problema de lo que está de moda es que
pronto pasa de moda. Hablamos sobre ello en otro capítulo que retrata el
narcisismo contemporáneo.
Su conducta futura después del divorcio dependerá de cuan
profundamente se haya conectado con su esencia como persona. Muchos hombres
salen del divorcio convertidos en misóginos, endurecidos como rocas,
impermeables al compromiso sentimental, opacos para los demás, impenetrables.
Yo he preferido salir como un hombre libre, más sabio y más
humano. Sin miedo a seguir amando. Lo invito a que transite el camino que le
propongo. Lo puede dejar en cualquier momento. Es su opción. Usted decide.
Advertencia
|
¿Cuándo debería buscar ayuda profesional? |
|
Ya hemos dicho que la tristeza, el dolor, la sensación
de soledad y todo el malestar emocional que están asociados a un divorcio no
tienen nada de patológico o anormal. Sin embargo, hay ciertos comportamientos
que pudieran hacer necesario que acudiéramos a un profesional o a alguna
persona de nuestra confianza que pueda ayudarnos: médicos, guías
espirituales, responsables de grupos de apoyo o profesionales de la salud
mental. Aunque esta es una decisión personal y libre, es preciso hablar con
alguien sobre su situación si presenta alguno de los siguientes síntomas: • Presencia
recurrente de la idea del suicidio. • Depresión
prolongada. • Pasividad
o inacción mantenida a lo largo de semanas o meses. • Intensos
sentimientos de culpa. • Desesperación profunda y continua.
• Ira
incontrolada, acompañada de planes de venganza. • Malestar
físico continuado, opresión permanente en el pecho, pérdida significativa de
peso, pérdida del apetito por períodos prolongados, descuido de su
apariencia, abandono. • Dificultades prolongadas para funcionar
regularmente. Desatención de su trabajo o pérdida del mismo, incapacidad para
realizar las tareas cotidianas. • Abuso
de las drogas o el alcohol para ahogar el dolor. Estos síntomas aparecen ocasionalmente o por algún
tiempo en todo proceso emocional posterior al divorcio. El instinto de
preservación, la reflexión, el procesamiento de las emociones asociadas a la
pérdida funcionan como disolventes eficaces contra esas ideas y
comportamientos. Sin embargo, si se mantienen en el tiempo ya nos
encontraríamos con un cuadro que requiere la atención profesional |
Primera parte
Después de la ruptura
“Pero nosotros, los hombres, ¿somos moscas en la botella o peces
en la red? Tal vez ni una cosa ni la otra. Tal vez la condición humana puede
representarse globalmente de manera más apropiada con una tercera imagen: el
camino de salida existe, pero no hay ningún espectador afuera que conozca de
antemano el recorrido. Estamos todos dentro de la botella. Sabemos que la vía
de salida existe, pero sin saber exactamente dónde se halla procedemos por
tentativas, por aproximaciones sucesivas. Para esta situación nos puede ser
útil otra imagen, la del laberinto: quien entra en un laberinto sabe que existe
una vía de salida, pero no sabe cuál de los muchos caminos que se abren ante él
a medida que marcha conducen a ella. Avanza a tientas”.
Ludwig
Wittgenstein
Para salir sano y salvo del laberinto
Un laberinto (del latín labyrinthus,
y este del griego λαβύρινθος labirinzós)
es un lugar formado por calles y encrucijadas, intencionadamente complejo para
confundir a quien se adentre en él. La idea de comparar la situación de
transición de un separado o divorciado con un laberinto resulta entonces
atractiva.
Según el escritor e historiador inglés
Robert Graves, la idea del laberinto está relacionada con el sistema monárquico
de la prehistoria: el mejor de los hombres de una tribu era elegido rey, tenía
poder absoluto sobre el grupo, pero era asesinado después de un período de
tiempo. Sólo el héroe excepcional —un Dédalo o un Teseo— volvía vivo del
laberinto.
Salir del laberinto de una
pérdida con tanta carga emocional como la que implica un divorcio no es tarea
fácil para nadie. Usted no es un héroe mitológico y aunque la sociedad y las
urgencias prácticas lo acucien con la prisa, lo más prudente es que se tome su
tiempo para reencontrar su lugar en el mundo.
El mundo de un separado o
recién divorciado es al principio caótico. En la mayor parte de los casos, es
el hombre el que abandona su hogar. He ahí la primera pérdida. Se sentirá
inseguro. El cambio de hábitat genera un primer impacto. Usted tenía unas
rutinas en el cuarto de baño, en la cocina, en el salón de estar, en el estudio,
etc. Usted sabía donde estaba todo. Su nuevo hábitat será diferente, la mayor
parte de las veces, más incómodo, más pequeño, más frío. Usted ya no está en su
casa. Adaptarse a esa pérdida lleva su tiempo.
Otra cosa que pierde es la
relación diaria con sus hijos. El impacto emocional de tal pérdida tiende a ser
demoledor en los primeros momentos. Y a veces dura años. El dolor de esta
pérdida es directamente proporcional a la intensidad de la relación que usted
tenga con sus hijos. Esto sólo lo saben los que han pasado por esta situación.
Es distinto hablar de ello que vivir con ello.
El cambio de entorno también
implica en sí mismo otra pérdida. Amigos, lugares, sensaciones, se alejan
físicamente. Usted puede llegar a sentirse como un desterrado, como un
condenado al ostracismo.
Y por último, la pérdida de
la mujer que ha estado con usted durante un período más o menos largo de su
vida. Por muy mal que haya sido la relación en los últimos tiempos, esta
pérdida es dolorosa. Dentro del gran repertorio de frases hechas que se han
construido alrededor de las separaciones y el divorcio, hay una que destaco en
este momento. Es de la cultura árabe: “si aún la amas, perdónala; si ya no la
amas, olvídala”. Si le sirve, hágala suya.
Es pues normal que esté confuso,
que no sepa qué hacer, que se sienta como un pulpo en un garaje. Usted está en
un laberinto. Recibirá miles de consejos de personas que no saben cómo se
siente realmente. Le dirán qué hacer. Usted se planteará muchos posibles
caminos. Transitará por salidas falsas. Volverá sobre sus pasos al centro de la
confusión. Sus cambios de humor son extremos. Pasa de la desolación a la
euforia en cuestión de minutos. De la serenidad al pánico. De la esperanza a la
desesperanza. Se siente solo y abandonado. Le falta el calor de sus hijos. De
su hogar.
Usted está en un período de
transición. Será más o menos largo dependiendo de cómo lo afronte. Afrontar de
golpe tantas pérdidas juntas, con toda su carga emocional puede llegar a ser
muy agobiante. Aunque cada persona vive esto de manera única, dependiendo de su
cultura, su fortaleza anímica, su situación económica, su experiencia, en fin,
sus características personales, me atrevo a sugerir un reencuadre general para
realizar el viaje a través del laberinto de la transición.
La palabra clave de este
reencuadre es supervivencia. Proponemos el concepto reencuadre como lo
entiende la Programación Neurolingüística (PNL), esto es, “poner un marco nuevo
alrededor de una imagen o experiencia”. El reencuadre ayuda a las personas a
reinterpretar sus problemas y encontrar soluciones por medio de la sustitución
del marco en que esos problemas son percibidos.
En la Estructura de la
magia (1975), su primer libro, los fundadores de la PNL, Richard Bandler y
John Grinder apuntaron que la diferencia entre los que responden con eficacia a
las situaciones que les afectan y quienes reaccionan deficientemente está en
gran medida en la manera en que perciben internamente su situación:
Las personas que responden
creativamente y se las arreglan con eficacia…son las que poseen una
representación o un modelo del mundo ricos de su situación, en la que perciben
un amplio abanico de posibilidades, donde elegir su acción. Las otras creen
tener pocas opciones, ninguna de las cuales les resulta atractiva…Hemos
descubierto que no es que el mundo sea demasiado limitado para ellas, o que no
dispongan de opciones, sino que se bloquean y no pueden ver las opciones y las
posibilidades que se abren ante ellas, debido a que éstas no encajan en sus modelos
del mundo.
Considerar su situación como
una transición hacia una nueva vida es en sí mismo un reencuadre. De las
muchas cosas que puede hacer durante la transición, tal vez la supervivencia
sea la más importante. De tal manera que el reencuadre supervivencia dentro
de la transición implica por lo menos tres cosas: preservarse físicamente,
preservarse psicológicamente y buscar salidas ecológicas del laberinto.
Ecológicas en el sentido de que sean congruentes con lo que usted es, con sus
sentimientos, su concepción del mundo, su visión y su misión personal.
Su antiguo mundo se ha
desintegrado. El divorcio es un evento traumático que pasa como un huracán
tropical por su vida. Sobrevivir a ese trauma exige tiempo y una recia voluntad
de supervivencia. Así que lo más conveniente es que usted diseñe su propio plan
de supervivencia. Como el náufrago que llega a una isla desierta y se pregunta
¿y ahora qué hago? Aunque adaptado a sus características individuales, propongo
cuatro cosas básicas para hacer el viaje de la transición:
1.- Resígnese a sus
pérdidas. Con el tiempo podrá aceptarlas, si quiere.
2.- Procese las emociones
y el dolor de sus pérdidas.
3.- Adáptese a su nuevo
entorno y reorganice su nueva vida.
4.- Coloque su antigua
vida y su pasado en un lugar adecuado de su memoria.
Es preciso entender que
trabajar las pérdidas aparejadas a un divorcio es un proceso de largo plazo.
Las prisas aquí son malas consejeras, puertas falsas, que sólo dilatan la
salida del laberinto. “Daos prisa despacio, esto es, pensadlo mucho y obrad
rápido”, aconsejaba el matemático Cardano, amigo de Leonardo.
|
Usted habrá salido del laberinto después de haber
cumplido las cuatro fases que mencionamos antes. Sabrá que habrá finalizado
el trabajo cuando sea capaz de pensar en su ex mujer sin dolor,
haya reintegrado a sus hijos con alegría en su nueva vida y haya sacado del
pasado toda la experiencia posible para seguir adelante. Sólo los necios
pretenden olvidar el pasado. El filósofo Jorge Santayana decía que los que no
pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. Es posible que quede cierta sensación de tristeza
cuando piense en alguien que ha querido y ha perdido, pero ya no será el estremecimiento doloroso
de los primeros momentos. Ya no llorará, ni sentirá rabia, ni tendrá
opresiones en el pecho, dolores abdominales, o estados de ánimo extremos,
insomnio, pesadillas, etc. Usted habrá salido del laberinto cuando esté de
nuevo en la senda de la vida, centrado y comprometido con usted mismo y con
el mundo. Sin embargo, hay quien tarda mucho en salir del
laberinto. El proceso no es lineal. Hay avances y retrocesos. Para algunos,
la transición será más larga. Otros nunca se recuperan totalmente de la
pérdida. Si bien en este camino no hay fórmulas seguras, ya que trabajamos
con emociones, experiencias subjetivas y profundas, existe una esperanza
razonable de superar las pérdidas del divorcio siguiendo los cuatro pasos del
camino de la supervivencia. Las pérdidas de un divorcio no se superan con palabras,
discursos, frases hechas, decisiones abruptas. Procesar a fondo el impacto de
un divorcio es un trabajo exigente y paciente. La buena noticia es que el
premio para tanto esfuerzo suele ser magnífico: una vida plena, orgánica,
sabia y amorosa. Tenga presente que para salir del laberinto no sirve
cualquier camino. De los muchos que hay en cualquier encrucijada del
laberinto, tal vez sea bueno escoger el que le recomienda Don Juan a Carlos
Castaneda: Cualquier
cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre
presente que un camino es sólo un camino; si sientes que no deberías
seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para
tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás
que un camino es nada más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para
otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de
seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición. Te
prevengo. Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces
como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta.
Es una pregunta que sólo se hace un hombre muy viejo. Mi benefactor me habló
de ella una vez cuando yo era joven, y mi sangre era demasiado vigorosa para
que yo la entendiera, Ahora sí la entiendo. Te diré cuál es: ¿tiene
corazón este camino? Todos
los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por
el matorral. Puedo decir que en mi propia vida he recorrido caminos largos,
largos, pero no estoy en ninguna parte. Ahora tiene sentido la pregunta de mi
benefactor, ¿Tiene corazón este camino? Si
tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a
ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje;
mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te
hace fuerte; el otro te debilita. Lo que en este libro está dicho es fruto de mi propia
experiencia y de las enseñanzas obtenidas después de haber tratado como amigo
o terapeuta a otras personas divorciadas. Trabajamos con material emocional,
racional, sensaciones corporales, estados anímicos ricos y subjetivos, porque
así es la vida misma. Todo lo que aquí digo lo he probado en mi propia carne.
Y tiene que ser así para que no nos pase como a Svetaketu… cuya historia
cuenta Anthony de Mello en La oración de la rana: Uno de los más renombrados sabios de la antigua India fue Svetaketu,
el cual obtuvo su sabiduría del siguiente modo: cuando no tenía más que siete
años, su padre le envió a estudiar los Vedas. A fuerza de aplicación y de
inteligencia, el muchacho eclipsó a todos sus condiscípulos, hasta el punto
de que, con el tiempo, fue considerado el mayor experto viviente en las
Escrituras... cuando apenas había dejado atrás su juventud. De vuelta a casa, su padre, para poner a prueba el talento de su
hijo, le hizo esta pregunta: “¿Has aprendido lo que, una vez aprendido, hace
que ya no sea necesario aprender más? ¿Has descubierto lo que, una vez
descubierto, hace que cese todo sufrimiento? ¿Has conseguido saber lo que no
puede ser enseñado?”. “No”, respondió Svetaketu. “Entonces”, dijo su padre, “lo que has aprendido en todos estos años
no sirve para nada, hijo mío”. A Svetaketu le impresionó tanto la verdad de las palabras de su padre
que se puso desde entonces a descubrir, a través del silencio, la sabiduría
que no puede expresarse con palabras. Cuando se seca el estanque y se quedan los peces sin una gota de
agua, no basta con echarles el aliento o tratar de humedecerlos con saliva:
hay que tomarlos y echarlos al lago. No trates de animar a las personas con doctrinas; devuélvelas a la
realidad. Porque el secreto de la vida hay que encontrarlo en la vida misma,
no en las doctrinas sobre ella. |
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